1917

27.01.2020

Ayer estuve en el cine para ver "1917". No soy de películas bélicas, aunque uno de los clásicos que más me gustan es "Apocalypse Now". De todas formas "1917" no es una película de guerra, no es uno de esos panfletos patrióticos de propaganda, ni una de esas películas donde el desastre se desata de forma inminente y un solo héroe se encarga de salvar el mundo. No, "1917" es otra cosa. Es más bien una película humana, eso sí, ambientada en un momento muy determinado del tiempo y en un lugar muy determinado del espacio; Primera Guerra Mundial, norte de Francia. El otro día un adolescente, ciertamente iletrado y demasiado pagado de si mismo, me aseguraba, a raíz del asesinato del general iraní Qasem Soleimani, que la muerte de una sola persona no podría desencadenar una Tercera Guerra Mundial. Obviamente faltó a clase el día que explicaron el origen de la Primera Guerra Mundial a causa del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, en 1914. En fin. El caso es que al cine ya iba preparado, sabía que era una película de apariencia bélica, que estaba rodada de un modo especial, y que no se ceñía a una historia al uso, era otra cosa. No voy a desvelar nada, tranquilidad, no es mi estilo contar el final del libro. La película te atrapa a causa de estar rodada en un falso único plano secuencia, aunque da la impresión de ser verdadero. Es obvio que hay cortes, y se pueden adivinar dónde se producen, hay ciertas oscuridades donde es fácil cortar la secuencia. Al estar rodada de esta manera, la acción es todo lo que ocurre alrededor de los protagonistas, más bien del protagonista, del actor George MacKay, un tipo totalmente creíble, el dueño de la película, un antihéroe, que no quiere volver a casa para no tener que pasar por el sufrimiento de volver al frente de nuevo, un tipo que no quiere destacar, no quiere ir, ni volver, que lo que quiere es estar quieto en un lugar y que todo pase de una vez para volver vivo a su casa y dedicarse a cosas normales. George MacKay te transmite ese hartazgo, ese cansancio, esa tortura que es la guerra, y que otros actores, en otras películas, por pasarse de heroicidades no consiguen. No hay mentira más grande que Rambo, aunque sea real el drama de los veteranos de Vietnam. George MacKay, el cabo Schofield, tiene miedo, hambre, se asusta, se indigna, se enfada, llora, tiene pena, le duelen los golpes, no sabe pelear, le dan asco los muertos, le asustan las bombas, lo que es una persona normal. Al estar grabada en lo que quiere ser un único plano secuencia, como he dicho antes, la acción es todo lo que ocurre frente a la cámara, por lo que vamos dejando atrás muchas historias de las que ya no sabremos nada, historias llenas de humanidad, a veces de caridad, a veces cargadas del horror de una guerra de la que nadie sabía nada, y menos la tropa que allí se despellejaba viva. Hay muchos detalles a los que estar atentos, cartas en los bolsillos, fotos que pasan de mano en mano, caras, incluso el color predominante, ese verde intenso al principio, y esos grises del resto para volver al verde del final, personajes que solo están en la película para mirar al cabo Schofield de una determinada manera, para decirle una sola frase, para tener una breve interacción con él y que es determinante en la historia, pero que, al ser un único plano, ya no vuelve a aparecer, ya no vuelve a tener mayor importancia que el de ser un mero recuerdo. Yo nunca he estado en la guerra, pero tengo un amigo que sí, que ha estado en Bosnia, hace muchos años, y solo se que cada vez que cuenta sus historias consigue que los ojos se llenen de lágrimas, lágrimas de pena, de no comprender cómo aún seguimos hablando de guerras, de invadir países, de refugiados, de qué se yo... "1917" emociona, y es capaz de llevarte a la lagrima, porque en el fondo es como las historias de mi amigo, un relato de humanidad, de pánico, de miedo, de asco...


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